Ayer mi día empezó como muchos de mis días: quieto... el clima estaba precioso, nubladito, fresco y con un vientecito delicioso.
Es increible lo mucho que disfruto la quietud, y conforme fue transcurriendo el día pense en escribir sobre eso, quería contarles como fui paladeando las migajas de simpleza que encontré en el camino, quería decirles que me gusta la textura de la tela en mi ropa, que me gusta el aroma de los condimentos cuando cocino, que me fascina la vocecita de mi hijo cantando Guantanamera (ayer descubrí que se la sabe!!), que me gusta como el viento frio se cuela bajo mi falda, y las miradas discretas del que lo nota, que me gusta como la crema hace figuras hermosas cuando cae en el café, y cuánto disfruto el requinteo en las canciones de los panchos, y como se apachurra la gelatina cuando la presiono entre mi lengua y mi paladar... en fin y para acabar pronto, que me gusta vivir.
Asi fué mi día ayer, quieto, apacible, por lo menos hasta que llego Mar (una amiga de hace muchos años) y traía con ella algo que acabaría con mi paz jajajaja, resulta que la susodicha fué a la frontera y se encontró de esas cosillas que sabe que me vuelven loca, y llegó aquí con unas orejitas de tigre, una colita y un moñito para el cuello (tipo conejita de PlayBoy) y ahí se acabó la calma... o mejor dicho, se transformo la calma... de ser placida como un estanque entre las montañas, se convirtió en la quietud amenazadora de una espesa jungla, donde los depredadores sagaces y cautos esperan pacientemente que su presa se coloque en la posicion precisa, en el ángulo exacto del que jamás podrían escapar, haciendo inevitable la masacre...
Así pues, un body de cuero, unas medias de red, y un improvisado maquillaje armaron el cuadro completo, y la noche fué de todo ménos quieta... y si, si tome fotos, pero se me hizo muy pronto para empezar con pornografía jajajaja . y ya.