Sus manos fuertes siempre cargan un morralito de malla, dónde entre otros artículos menos importantes carga su Biblia, aunque ni siquiera sepa leer.
Entre semana se le puede encontrar en el pueblito donde vive, allá escondido en lo alto de la sierra donde el cielo pareciera alcanzarse si se levantan las manos, los sábados habría que buscarlo en las calles del mercadito ofreciendo las escobetillas de espiga que hace y vende para ganarse el pan, el domingo sin falta estará levantando las manos en algun templo, cerrando los ojos y ciertamente alcanzando el cielo con su humilde oración.
Él come poquito, habla poquito, pero una vez que comienza a contarte de Él le es imposible detenerse, tiene tantas historias hermosas, casi todas comienzan cuando la voz de Dios lo sorprendió diciendo: Matías amado, levantate porque en tal ejido uno de mis hijos esta muy enfermo... y allá va Matías como siervo obediente, a veces a caballo, a veces a pie, a veces bajo el sol, a veces en medio de la noche, pero puntual a llevar lo que su Señor le envió.
Aún sus ojos se llenan de lagrimas cuando recuerda la vez que Dios le devolvió la vida a una pequeña niña mientras el la sostenía en sus brazos y oraba por ella, o cuando un muchacho agonizante lo recibió diciendo: yo sabía que Dios enviaría a alguien! Los sollozos se le escapan cuando asegura que Dios es muy bueno.
Quién tuviera un corazón como el de él, sin estorbos, sin resistencias para el voltaje del Señor.
Matías tomó mi mano y me dijo con su dulce y vieja voz: pidele que te hable! dile hablame Señor! y luego se acercó y me confió como en secreto: Él habla a las cinco de la mañana...
Yo amo a Matías, y es que es imposible no hacerlo cuando es una personificación tan fiel de Su amor.
Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros
2ª Corintios 4:7
